Un fin de año fuera de lo normal

Dec 29, 17 Un fin de año fuera de lo normal

VIVIR EN COMUNIDAD

 

 

¡Un fin de año para ser un verdadero fin de año tiene que tener, para mí, algunos ingredientes, de lo contrario el nuevo año no puede empezar! He crecido en los Alpes austriacos: desde pequeña me habitué a celebrarlo con vestidos elegantes, a bailar un vals a medianoche  y después salir de casa para ver los fuegos artificiales en el valle. Mi impronta era: vestidos elegantes (incómodos),  nieve (es decir frío, mucho frío) y fuegos artificiales. ¡Ese era el comienzo de un buen año!
Poco después de haber conocido Damanhur descubrí que en el último día del año tiene lugar una fiesta especial… ¡obviamente no podía perderme esta experiencia!
Fui enseguida al Welcome Center y me inscribí. Para mi extrañeza me aconsejaron llevar botas y ropa de trabajo. Luego me preguntaron cosas extrañas, como si me gustaba pintar o si quería cantar. Llegué el 30 de diciembre provista de todo, lo que significa que, siempre siguiendo mi impronta,  llevaba vestidos elegantes, pero deportivos.

Frente a la oficina Welcome Center se sentía en el aire que algo especial estaba a punto de ocurrir, iban llegando cada vez más personas, el staff trataba de que cada uno tuviera su tarjeta de identificación y me di cuenta también de que las tarjetas eran de colores diferentes. En cierto momento llegaron los minibuses, donde empezaron a subir el mayor número posible de  personas. En la carretera llena de curvas que lleva a los Templos de la Humanidad no tuvimos que pararnos ni siquiera una vez para dejar pasar otro coche que viniese en sentido contrario, incluso, de vez en cuando se veían personas con ropa térmica, tipo trajes de esquí, que parecían liberar mágicamente las calles para dejarnos pasar sin contratiempos.

Por fin llegamos a los Templos de la Humanidad: los minibuses nos dejaron en el aparcamiento y allí entendí porque los guardias de tráfico diseminados sobre la carretera estaban vestidos tan bien, ¡hacía un frío de perros! Luego, después de algunos instantes de típico desorden italiano, dejamos las chaquetas en un entoldado instalado en un espacio abierto. Cuando salimos del entoldado pasé delante de un espejo y no pude evitar reírme: estaba preparada, incluido el collar de perlas y los zapatos de montaña en los pies.
Logré encontrar milagrosamente mi guía que tenía una tarjeta de identificación del mismo color que la mía y junto a los demás de mi grupo me llevaron dentro de esta colmena llena de personas, artistas, grupos que se distinguían por las credenciales y gente vestida con ropa de trabajo (obviamente estos últimos eran damanhurianos, todos sonrientes y felices). 

Me enseñaron lo que tenía que hacer: ¡pintar! En mi interior pensé “¡caramba, qué valor tienen estos damanhurianos, me dejan pintar en sus templos tan hermosos y cuidados!, ¿no saben que aparte de hombrecitos y perros estilizados no sé pintar nada más?”. Menos mal que todo estaba bien preparado, había plantillas pre-pintadas con espacios para colorear donde ponía los números que correspondían a los vasitos de colores que llevábamos en la mano. ¡Estamos salvados!, obviamente los organizadores habían intuido como emplear mis limitadas capacidades y, dirigida de la mejor manera, empecé a pintar las plantillas. Me sentí como Leonardo y todavía hoy,  años después de aquella experiencia, cuando paso junto a esos dibujos sonrío y me siento un poco orgullosa de mí.

No era la única, parecía que se pintaba por todas partes. En cierto punto esta “acción” terminó y todos nos dirigimos a la Sala de la Tierra. No sabía que la sala pudiera alojar a tanta gente, pero todos estábamos allí, había quien tenía las ropas manchadas de muchos colores, otros estaban llenos de polvo por el trabajo, otros estaban sin ningún vestigio (debían ser los que habían estado cantando). Esta mezcla de personas de razas y edades diversas, incluidos los damanhurianos, fue una verdadera riqueza que ver, todos allí presentes para celebrar el ritual de la cornucopia y propiciar el nuevo año. En aquel momento entendí que las cosas no tienen sentido solo porque se repitan: se debe entender por qué se hace una cosa.

El dulce ritual de la cornucopia me fascina, la idea de que la última hora del año propicia el año que inicia y le da la bienvenida me ha tocado profundamente. Todos en la sala éramos participantes activos en el ritual. Desde la infancia tengo presente la belleza del estar juntos de muchas culturas, pero allí, en los Templos de la Humanidad, había un valor extra, las personas no estaban solo “juntas” sino que estaban verdaderamente unidas, fusionadas en una emoción común.

Así he entendido que lo que realmente hace significativo el principio de un nuevo año es estar con personas con las que se comparte el mismo ideal, el mismo sueño.
Aquella noche probablemente iba envuelta en pesados ropajes, menos mal, porque de verdad que hacía frío, pero cuando salimos de los templos también vimos fuegos artificiales en el valle. ¡Qué año tan espléndido estaba empezando!

¡Hoy estoy entre las personas que organizan este evento, por lo que me gustaría invitarte a venir aquí para celebrar una Nochevieja que dejará una nueva impronta dentro de ti!.  Pulsa aquí para más información

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