Abandonar una multinacional por un sueño

Apr 04, 18 Abandonar una multinacional por un sueño

VISIÓN ESPIRITUAL

 

 

Me han sorprendido muchas cosas cuando, hace un par de meses, he decidido dejar mi puesto directivo en una multinacional para venir a contribuir en la realización de los sueños del pueblo de Damanhur. Muchos se han asombrado por lo que definían como coraje; otros por una elección que, como poco, resulta extraña teniendo en cuenta los prejuicios que existen sobre términos como espiritualidad, comunidad, pueblo o mitología.

Me he sorprendido incluso yo, de hecho, por cómo he vivido esta elección: con la naturalidad de dar un paso con continuidad en un recorrido emprendido hace tiempo. Por ello me he parado a menudo para preguntarme qué hace que me sienta “en el lugar y en el contexto justos” y una de las respuestas está ligada a la relación que existe entre la realización de un sueño colectivo y el crecimiento personal. Una alquimia que puede servir de catalizador para sacar lo mejor de uno mismo y acelerar los logros.

Ya había experimentado esta dinámica en mi vida. Fue en los proyectos visionarios y las iniciativas para cambiar el mundo en la época de Aiesec, una asociación Internacional de estudiantes donde, por primera vez, me regocijé y comprendí de verdad que “trabajar duro y festejar salvajemente” crea un sentido de tribu y pertenencia; los startup donde el deseo de innovar y de realizarse generan ese tipo de energía que te hace superar obstáculos y dificultades en nombre de una idea; las multinacionales donde la competitividad a menudo dificulta la colaboración, pero donde un equipo bien avenido es la avanzadilla ideal para cultivar y lanzar proyectos que pueden nutrir la semilla del cambio.

Conozco y frecuento Damanhur desde hace más de 20 años y quizás también esto me ha permitido observarme a mí mismo y a los acontecimientos con los ojos y el corazón de quien ha probado modelos y experiencias que nuestra cultura occidental a menudo marca con facilidad. Así empecé a notar, cada vez más a menudo, el malestar que me generaba el hecho de juzgar la esencia de las personas más que los comportamientos, de interpretar las intenciones de los demás a partir de acontecimientos incluso banales o de la demanda, más o menos directa, de adaptarse a modelos ajenos. Desde siempre acostumbrado a hacer “no todo pero de todo” y por lo tanto con una inmensa necesidad de los demás para aportar calidad y profundidad a iniciativas con objetivos ambiciosos, miraba con cierta desilusión como la cultura del “end to end” (dirigir desde la ideación hasta la realización) se tergiversaba y generaba en las organizaciones islas cada vez más pequeñas, separadas por mares cada vez más grandes.

Y entonces, con curiosidad, como natural evolución de mi camino, decidí experimentar un contexto donde el desarrollo personal y el colectivo son vistos y vividos en una sinergia indisoluble.

La valorización de la individualidad y de la diversidad elevados a valores sociales son los puntos que considero fundamentales para hacer conscientes a quienes cultivando su singularidad pueden desarrollar su propia valía.

Aprender a observarse nos hace entonces conscientes de que en realidad no es que uno cambie sino que uno aprende a conocerse y a administrarse mejor. Descubrir esto también ayuda a cambiar el punto de vista sobre los demás y a darles un valor distinto: el de espejo, en particular, siempre lo he encontrado útil para darme cuenta de como, a menudo, mis reacciones a los comportamientos de los demás son más emotivas si a quien tengo enfrente refleja partes de mí que no me gustan. Poder compartir abiertamente esta dinámica enriquece enormemente el valor del team building y de las relaciones.

Ver a los demás como complemento de uno mismo en vez de verlos como “rivales” permite ralentizar esa carrera por hacer de todo para destacar y preguntarse qué es lo que se desea de verdad; al mismo tiempo, compartir de forma abierta nos permite también acceder a través de los demás a talentos y competencias que se aprende a reconocer y a valorizar.

Parecerá banal, pero en un contexto en el que se da valor a la búsqueda de la mejor parte de los demás y a alimentar la consciencia, el resultado queda plenamente alineado con todo lo teorizado en la pirámide de Maslow: crece la seguridad, el sentido de pertenencia y el reconocimiento libera la creatividad.

Entonces, es posible pensar en nuevos paradigmas en los que la inteligencia colectiva es declinada en todos los componentes teorizados por Howard Gardner y portar las especificidades de sus individuos: la inteligencia lingüística, la lógico-matemática, la espacial, la corpóreo-cinética, la musical, la inteligencia emocional (interpersonal e intrapersonal, la naturalista y la existencial o teorética). Esta mágica combinación, puesta al servicio de proyectos comunes, permite mantener el enfoque del startup equilibrando el enfoque “fail fast, fail often” (fracasamos rápidamente, fracasamos a menudo) gracias a las mentes, ojos, oídos y corazones atentos y en sintonía para recibir y expresar las señales de aquello que puede ser mejorado.

Y si es cierto que tenemos neuronas espejo, la atención y el enfoque sobre una forma de trabajar en grupo y relacionarse con los demás, con este tipo de atención, son como una vibración que al difundirse puede poner en resonancia también a quién se ha quedado un poco atrás con su consciencia o que, sencillamente, se encuentra en uno de esos momentos en los que incluso un santo pierde la paciencia.

Max Ramaciotti

 

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