Historia de un sanador

May 07, 18 Historia de un sanador

VISIÓN ESPIRITUAL

 

 

Vivo en Damanhur desde siempre, en el sentido de que he formado parte de su fundación. De hecho, gracias al trabajo de muchos, junto a mi compañera fuimos la primera pareja con una hija que entramos de manera estable, en la primavera del 1980. Damanhur ha sido toda una aventura, desde conocer a Falco Tarassaco (en aquel momento simplemente Oberto) hasta descubrir que aquello que siempre rehuí, es decir la sanación, era precisamente una de mis principales aptitudes. Todo, pasando por sentirme parte del proyecto que había soñado siempre: fundar una comunidad para revolucionar, como pionero, el modo de vida del mundo, estudiando comunicación, que era ya mi trabajo, como cibernético.

En el verano de 1978 me preparé para ser un sanador espiritual, reconociendo a Falco como mi maestro espiritual. En aquella época, en Italia, éramos poco más de cincuenta y nos conocíamos todos. Este año se cumplen cuarenta años de mi carrera profesional en la sanación energética. Soy el único profesional aún en activo desde entonces, comprometido en transmitir lo que he aprendido haciendo cientos de miles de tratamientos.

Durante estos años, he podido asistir a cambios sustanciales en el enfoque terapéutico, a la transformación de los enfoques de la salud y al nacimiento de las actuales Terapias Naturales sabiamente reglamentadas en varias naciones e integradas, como auspiciaba la OMS, en los protocolos de salud.

La globalización nos lleva, hoy más que nunca, a afirmar que enfermedad y salud son conceptos colectivos que exigen una transformación de los paradigmas de referencia: yo soy el mundo y si tú no estás bien yo pierdo la salud. El ser humano es un mamífero gregario, “diseñado” para vivir y reproducirse con los demás, en una vida que debe emplearse para el perfeccionamiento de uno mismo. Mejorarse significa expandirse, es decir, aprender a considerarse, a partir de de las características y de la experiencia personal, como un elemento de la vida dentro y fuera de nosotros. La verdadera salud, la “sanitas”, coincide con sentirse armónicamente inserido en la propia vida, en el propio entorno, en el propio mundo.

No por casualidad, hoy en día todos hablan de bienestar, tanto en las grandes como en las pequeñas cosas: nos dan alegría y plenitud ciertos momentos en los que nos sentimos totalmente realizados, en sintonía con todos nuestros impulsos. Nos dan alegría los momentos en los que nos sentimos realmente unidos a los demás, a nuestros seres queridos y también, simplemente a nuestros colegas, a nuestros vecinos y a todas aquellas personas que, sin representar relaciones fundamentales, nos recuerdan sin embargo que los niveles de las relaciones humanas incluyen también simples conocimientos que, correctamente explorados, sin invertir mucho ni demasiada pretensión, pueden brindarnos el sentido de la colectividad, que el hombre, como animal gregario, necesita. Nos dan alegría esos momentos en los que nos sentimos íntimamente ligados al fluir por la vida en el universo y sus leyes, religiosas para algunos, laicas para otros, pero perceptibles con la misma fuerza en los momentos de mayor plenitud.

El individuo sano es un individuo por lo tanto espiritual, en continuo cambio a través de una espiritualidad sin resolver de una manera confesional, sino íntimamente percibida, explorada de una forma autónoma, lejos de condicionamientos que restringen el pensamiento y producen la enfermedad. Esta espiritualidad es finalmente libremente afirmada, frente a uno mismo y a los demás, porque para que se produzcan los cambios que nos llevan a sentirnos bien es necesario empezar a reflexionar sobre esta parte de uno mismo. Se trata de un recorrido que toca también todas las demás partes, para que sean recompuestas y produzcan salud, como enseña el principio holístico.

Ser espiritual significa saber dar sentido a las cosas, tener una postura propia y consciente frente a la vida, en vez de vivir porque se está vivo y creer en algo porque se tiene la necesidad. Esta ha sido mi investigación durante estos cuarenta años, guiada por el arte de sanar, por las energías, para favorecer el cambio, descubriendo cada día que: ¡para tener algo que nunca has tenido, para ser algo que nunca has sido, para sentir algo que nunca has sentido, debes hacer algo que nunca has hecho!

Vivir así significa ir más allá de la enfermedad, que no es solo malestar sino una ayuda para el cambio: hoy, que disponemos de los instrumentos para comprenderla, lo es más que nunca. La idea de naturaleza ha cambiado notablemente dentro de nuestra cultura. Como el concepto de espiritualidad , también ha sufrido una separación de la dimensión de lo cotidiano y una idealización que a menudo la ha convertido en un fenómeno literario romántico o en un marco estético para nuestra existencia.

Contextualmente, la naturaleza ha sido objeto de una creciente depredación que ha hecho de ella una fuente de recursos a saquear y un suministro ilimitado de materias primas.

En realidad, las dos actitudes están totalmente conectadas, ya que justo la separación de la naturaleza de una dimensión íntima cotidiana ha permitido “no ver”, no ser testigo, no “escuchar” los abusos y los atropellos cometidos en su detrimento. Del mismo modo ha permitido concebir a la propia naturaleza, no como un mundo de fuerzas y seres vivos, sino como una “materia” inerte sin historia y sin nombre. Alejados de la naturaleza hemos perdido nuestra humanidad y esta pérdida ha iniciado un ulterior distanciamiento entre ella y nosotros mismos. Cierto es que, cada afrenta a la naturaleza, cada amenaza y cada herida pesa sobre todos nosotros como humanidad.

Los modernos discursos biológicos y ecológicos abren nuevas perspectivas de respeto, pero solo restituyen una parte de la visión de la naturaleza, precisamente porque son discursos “lógicos”, mientras que para llegar a percibir la complejidad de una criatura viva, necesitamos una clave de acceso diferente. Para simplificar, podemos decir que tenemos necesidad de sentimiento y de misticismo. Básicamente hay que recuperar la idea de que natural significa vivo y vital, de que la vida es un flujo capaz de atravesar todas las formas, ya sean minerales, vegetales, animales e incluso espirituales.

Pienso que la humanidad tiene que re-apropiarse de un vitalismo moderno, capaz de integrar la química y la física con las fuerzas transcendentes que todo lo inspiran y modelan. Aquí es donde entra la experiencia directa del sanador.

Las ideologías, muy a menudo, olvidan las partes energéticas, esas que transcienden la materia; separan la naturaleza en categorías que no solo dividen sino que establecen niveles de complejidad con los que después creen que pueden organizar la existencia, interpretándola como un mero hecho químico. De ahí que comer animales se convierta en algo malo y que alimentarse de vegetales pueda estar bien, olvidando la complejidad de la naturaleza. Nos hemos olvidado por lo general del hecho de que somos “animales sociales”, como ya escribió Sócrates hace 2500 años, al concebir la idea de la separación, del egoísmo, que ha terminado por desnaturalizar el sentido de la colectividad y de la pertenencia, tanto como para menoscabar, sino aniquilar, el mundo.

La naturaleza se manifiesta en la vida, que es un continuo cambio, un arte del encuentro. Las neurociencias nos enseñan que el egoísmo no existe, que la humanidad es pura pertenencia. Nuestro sistema nervioso central está conformado por neuronas que se buscan entre ellas durante toda la vida, movidas por un único objetivo de unirse para dar vida a una sinapsis. Hecha la primera, trabajan intensamente para hacer la segunda y así sucesivamente. Lo mismo hacen los seres humanos durante toda su existencia: se buscan y se enamoran.

La naturaleza no es un sistema “humano-céntrico”, ni tampoco es un fenómeno bio-céntrico. El punto fundamental es la energía que modela el ecosistema global, la información es el instrumento del continuo cambio.

Hoy en día hace falta cambiar las ideas, hace falta cambiar la lógica, transformar los paradigmas que limitan la inteligencia de la vida. Si, como dice la física, nosotros solo vemos el 4% de lo que hay en el universo, no se puede pensar que la química orgánica explique el mundo, sabiendo que ignoramos el 96% de lo existente.

Sanar significa volver a aliarse con la naturaleza, formular nuevos pactos místicos entre hombres, árboles y dioses, incluyendo todos los mundos de en medio. Reunir las fuerzas de la naturaleza y los mundos de la espiritualidad, dar un salto desde la moderna cultura reduccionista a un nuevo futuro posible, en el que un renacentista vitalismo nos devuelva el sentido de unión con el todo: yo soy la bacteria que respira, la hoja de la lechuga, la manzana y la gallina que como. Lo que les hago a ellos, se lo hago a la humanidad y a los dioses. Entonces, solo si esto pasa, no habrá más enfermedades.

Para sanarnos todos, tenemos necesidad de todos. Solos, somos débiles e indefensos, junto somos fuertes y felices. El epicentro de este nuevo vitalismo será descubrir la fuerza de sanación del grupo, superando la dicotomía formada por el binomio terapeuta/enfermo.

Trabajar como sanador me ha permitido comprender todo esto y mucho más aún. Condensando las experiencias en un método de enseñanza para intentar ser felices juntos, hemos creado una Escuela donde aprender a ser los Sanadores Espirituales del tercer milenio.

 

Orango Riso

Consciencia del ecosistema

“La vitalidad, en su complejidad, se transfiere de una criatura a otra: esto ocurre con la alimentación y también a un nivel diferente, a través de esferas de conciencia cada vez más amplias.

Existe un sistema ecológico que trasciende la simple física de los cuerpos,para portar el todo a sistemas más elevados, osaría decir “espirituales.”

Conectarme a la consciencia de criaturas diferentes, incluso a veces embrionarias, me ha ayudado siempre a comprender que, en realidad, estos seres no son tan diferentes como de lo contrario parecensino partes de mí.”

Falco Trassaco

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