Viaje en el Templo de la Humanidad: la Sala del Agua

Sep 03, 18 Viaje en el Templo de la Humanidad: la Sala del Agua

VISIÓN ESPIRITUAL

 

 

Abro una pequeña puerta… y ahí estoy, en la Sala del Agua.

Aquí el tiempo es memoria, reordenación y memoria de antiguos conocimientos, que el propio Falco transcribió sobre las paredes, dibujando símbolos y fórmulas en doce diferentes alfabetos antiguos. Mi mirada se pierde en este laberinto de palabras que no entiendo, pero que de algún modo me fascinan. Y si las palabras, el verbo, es el origen de los mundos, aquí realmente se siente la presencia de miles de creaciones, como si cada lenguaje escrito diese inicio a una nueva vida, que se convierte en un camino de conocimiento para quien tiene ojos para ver. 

De nuevo la escritura.

En esta red de signos perfectos, arriba en lo alto, cuatro serpientes doradas parecen estar guardando el espacio en el que flotan los planetas de la galaxia, aquellos que estuvieron habitados y aquellos en los que la vida podrá nacer en un futuro. Estas serpientes definen las cuatro direcciones de las que provienen las Líneas Sincrónicas que aquí, en el área en la que no por casualidad surge Damanhur, en un punto definido como un “nodo resplandeciente”, se encuentran. Símbolo tras símbolo, vislumbro los nombres de algunas divinidades, colocadas aquí y allá, siguiendo un patrón que seguramente no es casual, como si cada fuerza tuviese su propio territorio de pertenencia.
La Sala del Agua está dedicada a lo femenino, entendido como contenedor alquímico, cuna y crisol de emociones y experiencias, líquido amniótico que recoge y conserva las memorias de la humanidad. El sonido “líquido” de las campanas tubulares acompaña mi meditación para recordarme que Agua,  no Tierra,  somos y al Agua retornaremos.

Prevalece el color azul en este espacio circular que me acoge con dulzura, en un abrazo que proviene de la inmensidad de un tiempo que nos traspasa y nos incluye, donde se desarrollan y se desarrollarán civilizaciones que son parte de la historia de la humanidad: nuestra historia, descrita en las paredes del Laberinto, no es la única historia posible. Siento como si me hubiesen depositado suavemente en una especie de cáliz, en un útero donde puedo dejarme ir y disfrutar de la suave luz que llega de arriba, de la cúpula de vidrio unido con plomo compuesta de aproximadamente 6.000 piezas de cristal que recuerdan al mar, en cuyo centro  se extiende una flor de ocho pétalos que custodian la bandera amarilla de Damanhur. La memoria de un mar también está representada en el mosaico del centro del suelo, en donde seis delfines nadan en el interior de una estrella de seis puntas.

Justo frente de la entrada, unos escalones conducen a un altar que contiene una esfera azul, en correspondencia exacta con la esfera grande del Templo Azul que se encuentra justo arriba de esta sala. Existe una correspondencia entre estos dos espacios, ambos relacionados con el tema de los orígenes, aunque en formas distintas. La Sala del Agua es el lugar donde se confirma de una manera ritual nuevos proyectos y grupos de investigación. Es un espacio en el que se depositan las intuiciones que abren nuevas realidades posibles para que tomen cuerpo en el Mundo de la Forma.

Nacimiento como creación
A la izquierda de la entrada se localiza el altar principal de la sala, en un pequeño espacio excavado en la roca y en el que descansa otra esfera. La roca es visible, oscura y dura, en contraste con la delicadeza del agua, ya que la tierra y el agua son elementos que se complementan el uno al otro en la unidad de la vida.

Me tumbo en el centro de la sala y cierro los ojosMi imaginación juguetona transforma la sucesión de símbolos, que he interpretado como escrituras y lenguas de mundos lejanos en el tiempo y en el espacio, en caminos que llevan a estos mundos. Es como si las paredes realmente se pudiesen transformar en un mapa planetario con plataformas de lanzamiento y aterrizaje, un mapa que me permitiría viajar en el espacio-tiempo sin necesidad de una nave espacial, demasiado cara y lenta. Abro mis ojos y observo de nuevo las dos esferas: ahora me parecen pequeños mundos, brillantes y opacos al mismo tiempo, pulsares de vida. Me arriesgo a perderme en sus alternos absorción y reflexión.

Unicorno Arachide

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2 Comments

  1. Gracias, excelente artículo.

  2. Gracias Pablo

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