Horus, el dios de la integridad

Dec 12, 19 Horus, el dios de la integridad

VISIÓN ESPIRITUAL

 

 

El dios Horus es uno de los más significativos en la mitología del antiguo Egipto. Su culto comienza en el IV milenio a. C., extendiéndose desde Edfu, en la orilla occidental del Nilo, hasta llegar a todos los puntos del tiempo y del espacio de la civilización del Alto y Bajo Egipto. Tiene la apariencia de un halcón, a menudo representado también como figura humana con la cabeza de un ave rapaz.
Es venerado en dos formas principales. El Horus niño, es hijo de Isis y de Osiris, descendiendo así del linaje más alto que se pueda imaginar. Nace después de que Osiris sea asesinado por su hermano Seth y después resucitado por Isis y Neftj. Horus se convierte así en antagonista del envidioso Seth, el cual, en el curso de la lucha le sacará el ojo izquierdo. THOT reconstruye el ojo del dios halcón, que con él adquiere posterior poder y conocimiento: el ojo es el Udjat, presente en numerosísimas representaciones sagradas.


El Horus adulto, llamado también “El Sol en los dos horizontes”, es la personificación misma del faraón y de su poder: absoluto, administrado con sabiduría, impregnado de profundo amor por el pueblo sobre el que reina y del que es responsable.

La divinidad Horus ve crecer progresivamente su posición central en el panteón egipcio hasta convertirse en la forma divina más elaborada y completa, puente entre el mundo celestial y el mundo humano: él es faraón, taumaturgo, ordenador del caos, vencedor y pacificador del mal, protector de su pueblo y de las tradiciones dinásticas.

La figura simbólica de Horus es muy apreciada también por la tradición damanhuriana: por su naturaleza, por su representación de los valores más importantes que nos impulsan hacia una nueva fase de la historia de la humanidad. Su nombre fue elegido, hace más de cuarenta años, para la primera organización creada por los damanhurianos, el “Centro Horus”, y muchas de sus imágenes y estatuas están presentes en los territorios de Damanhur y en los Templos de la Humanidad.

Y hoy en día ¿qué aporta Horus a la humanidad que busca su propio camino, mientras que –como dicen las tradiciones occidentales y orientales  con palabras diferentes pero significados similares– estamos pasando de una época a otra, de un eón a otro, de una era a otra?

Su ojo, primero perdido y luego curado, el Udjat, mira en la dirección de la respuesta. Es el ojo a través del cual vemos reflejada la muerte y el renacimiento, la renovación. Es el ojo que reproduce la glándula pineal, la capacidad de observar dentro de uno mismo y así, desarrollar la percepción, descubriendo otras visiones e interpretaciones de la realidad en la que nos movemos. Es el ojo, en última instancia, que el dios aceptó sacrificar, para tenerlo nuevamente consigo, renovado y enriquecido por la intervención de Thot.

Lo que impresiona de Horus es la integridad. Es hijo y padre de un pueblo, dios y faraón, divino y humano. No es la única figura divina que tiene esta doble naturaleza, pero en él esto no crea ninguna separación, no causa exigencias contradictorias, sino que guía su comportamiento hacia una coherencia total. Horus es la fuerza que afirma que todo lo que existe puede estar compuesto dentro de un único cuadro armónico.

Hoy el mundo sigue dividido en bloques: la distribución de la riqueza y la salvación del planeta parecen seguir caminos separados; la calidad de vida de hombres y mujeres sigue siendo muy diferente; pero si miramos el vuelo de Horus, si soñamos sus sueños, si escuchamos su antigua voz dentro de nosotros, podemos oír el soplo de sus palabras que afirman que es posible encontrar la forma de que los impulsos contrarios encuentren un centro común y logren trabajar unidos para resolver los mismos problemas.

Él supo transformar la lucha con Seth en su propia maduración personal hasta llegar a ser el protector de cada faraón. Supo hacer de su propio ojo un instrumento muy potente, pasando a través de su pérdida.

También nosotros, en nuestras pequeñas acciones cotidianas y, en la contribución que como ciudadanos del mundo ofrecemos para nuestro destino común, podemos aprender a hacer lo mismo: convertir cada antagonismo en la ocasión de obtener una fuerza duplicada hacia objetivos compartidos.

Una última cosa: Horus actúa siempre en primera persona, no delega en otros sus responsabilidades. Tal vez su secreto esté ahí, en tener Dioses amigos y aliados pero actuar personalmente. Un año termina y se anuncia uno nuevo, el secreto de Horus se puede convertir en el nuestro ahora.

Stambecco Pesco

 

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